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María Novo: «Es preciso soñar soluciones inéditas, imaginar mundos posibles»

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El ecologismo es la voz de una naturaleza que la sociedad se niega a escuchar. Así que ella clama ese luminoso mensaje desde un estrado por el que desfilan los grandes decisores de la economía, la política y la gestión. Y apuesta por la imaginación y la creatividad para salir de la mayor crisis ambiental de nuestra historia. María Novo Villaverde, doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación, dirige la Cátedra Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la UNED, la mayor universidad de España. Escritora, poeta y conferenciante, preside la Asociación Slow People –gente que quiere ir más lenta por la vida– y ha publicado 26 libros. El último de ellos es El éxito vital (Editorial Kairós), reflexiones y propuestas para caminar hacia el buen vivir con los materiales frágiles e inseguros que nos proporciona la vida diaria.

Una entrevista de Quico Pérez-Ventana

 

– Entre un larguísimo y deslumbrante currículo, que incluye hasta libros de poesía, usted dirige la Cátedra Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible de la UNED. Cuéntenos su experiencia al frente de esta entidad.
 Mi experiencia es altamente positiva. Desde 1996, año en el que se creó la Cátedra, hemos podido contribuir a dar visibilidad al tema ambiental en múltiples escenarios y a crear conciencia sobre nuestra responsabilidad como seres humanos en el uso de los bienes comunes. Lo más destacado, sin duda, es el hecho de que la Cátedra sirvió para dar soporte y continuidad al primer Máster de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible de nuestro país, un programa de postgrado que nació en 1990 y se ha prolongado durante 25 años. En él se han formado centenares de profesionales, planificadores, gestores, educadores, sobre los enfoques científicos, éticos, culturales y sociales necesarios para la toma de decisiones en el campo ambiental.

– ¿Por qué decidió un día dedicar su vida profesional –seguro que también la personal– a los asuntos de la Madre Naturaleza?
 Soy gallega. Nuestra cultura está muy vinculada a la tierra, así que la naturaleza forma parte de mis referentes culturales y de mi experiencia vital desde muy joven. Después, en la década de los 70, comencé a percibir la presión de la sociedad sobre la naturaleza y creo que, de un modo intuitivo, me hice consciente del problema que se nos venía encima. Me inicié como ecologista en la defensa de una zona verde de mi ciudad, que logramos que se cerrase y se convirtiese en un parque, y esa experiencia me enseñó que merecía la pena trabajar y luchar a favor del medio ambiente. En la década de los 80 tuve otra intuición: la educación sería un gran instrumento en este trabajo, formar a niños y jóvenes en el amor y el respeto por la madre Tierra. En 1984, uniendo ambas intuiciones, defendí la primera tesis doctoral de la universidad española sobre Educación Ambiental. Después mi trabajo se completó con la perspectiva del desarrollo sostenible.  Y así hasta hoy, cuando el problema se ha agravado muchísimo y es preciso seguir en la brecha. Creo que moriré con las botas puestas.

«Nos queda poco tiempo para cambiar, pero tenemos que confiar en lo improbable y en la capacidad de imaginar de nuestros jóvenes para reconducir el mundo hacia la sostenibilidad»

– También le vemos inmersa en una curiosa iniciativa: EcoArte. «Un encuentro entre la ciencia y el arte para hacer visible lo invisible», en sus palabras. ¿Cómo casan el arte y el ecologismo?
 EcoArte es también fruto de otra intuición. Tengo la costumbre de hacerme preguntas y tratar de encontrar la raíz profunda de las cosas. Así que llegó un momento en el que me pregunté por qué los mensajes y enseñanzas ambientales no calaban tanto como era necesario en la gente, sobre todo en los adultos. Y llegué a la percepción de que los datos científicos, siendo valiosísimos e imprescindibles, no podían, por sí solos, movilizar los sentimientos y emociones de las personas. En ese territorio funciona muy bien el arte. A veces un poema, una foto, un cuadro, pueden estimular de forma notable la conciencia sobre las cosas que ocurren. Entonces se me hizo visible la complementariedad de la ciencia y el arte para mostrar –e incluso para interpretar– los fenómenos y problemas ambientales.

Así me embarqué en EcoArte. Comencé a utilizar la pintura y la poesía para expresar ideas científicas. Pronto estas ideas desembocaron en un equipo de trabajo. Hicimos –y seguimos haciendo– encuentros de científicos y artistas para dialogar sobre temas ambientales. Hemos publicado dos manifiestos. Se han hecho exposiciones, proyectos de investigación, libros… Y EcoArte sigue vivo desde el año 2000, en el que se presentó internacionalmente el proyecto con una exposición en la Unesco en París, hasta hoy, momento en el que tenemos preparada una exposición sobre ciencia y arte ante el cambio climático. También estamos preparando un ciclo de conferencias sobre este tema, que tendrá lugar en 2018 en una fundación de Madrid. Por cierto, tenemos una página web: www.ecoarte.org.

– ¿Desde dónde se puede ser más efectivo si se desea dar un golpe de timón al mundo, o al menos hacerlo más verde? ¿Desde la política, los colegios, la universidad, los medios?
 Hoy la situación ambiental es tan grave, con el calentamiento global y el cambio climático que hemos generado los humanos, que creo que no puede desperdiciarse ninguna opción. Todas son necesarias, porque hay que actuar en la totalidad de los espacios sociales. Dicho esto, si tuviera que señalar una prioridad, diría que sigue siendo la que tomamos en nuestro máster a lo largo de más de dos décadas: formar a las personas que toman decisiones (planificadores, gestores, formadores…). El problema es que no siempre esas personas están dispuestas a dedicar tiempo y esfuerzo a su propia formación ambiental. Pero es imprescindible que desde la economía, la política, la gestión, quienes deciden conozcan y analicen con rigor científico, bases éticas y capacidad operativa los mecanismos que nos han traído a la mayor crisis ambiental de la historia y tomen conciencia de su gravedad, así como de la urgencia por atajar los riesgos y los daños.

– Su libro El desarrollo sostenible: su dimensión ambiental y educativa es un viaje hacia la sostenibilidad. Convénzanos de que un mundo sostenible es posible algún día. Que no es una quimera.
 Invertí tres años en investigar y redactar ese libro porque quería ofrecer una versión compleja del desarrollo sostenible, que no fuese algo puramente economicista, sino que mostrase los aspectos históricos (cómo hemos llegado a la insostenibilidad de nuestras formas de vida), ecológicos (cuáles son los límites de la naturaleza y las reglas de la Ecología para actuar de forma correcta en el campo ambiental), éticos (los valores y las acciones que se sitúan en sintonía con los conocimientos científicos y sociales sobre el medio ambiente) y también educativos (cómo plantear modelos de educación ambiental que puedan generar transformación en las personas y los grupos humanos). Todo ello lo he trabajado tratando de articular estos aspectos de forma integrada. Porque la mirada sobre el medio ambiente tiene que ser integradora. Ninguno de estos campos de conocimiento, por separado, puede abordar con éxito la complejidad de los fenómenos y problemas ambientales.

Dedico también un capítulo a la imaginación y la creatividad. Estoy convencida de que son las palancas que nos pueden sacar de esta crisis ambiental en la que estamos metidos. Es preciso seguir soñando soluciones inéditas, seguir imaginando mundos posibles, seguir tratando de vislumbrar caminos. Le hemos dejado una tarea ardua, pero ilusionante, a las jóvenes generaciones. Y creo, sí creo, que nos queda poco tiempo para cambiar pero que tenemos que confiar en lo improbable y en la capacidad de imaginar de nuestros jóvenes para reconducir el mundo hacia la sostenibilidad. Por eso sigo aquí.

«El ecologismo crea riqueza de la auténtica. ¿Cuánto vale una puesta de sol? ¿Cuándo vale un suelo fértil que la naturaleza tardó cientos de años en crear?»

– ¿Cómo inculcar a los políticos y a la sociedad en general la compatibilidad de dos conceptos para muchos antagónicos como el crecimiento económico y el desarrollo sostenible?
 Yo soy de esos muchos. El crecimiento indefinido, tal y como lo estamos experimentando, es absolutamente imposible en un planeta finito. Fíjese que llevamos varios años en los que, llegado el mes de agosto, la humanidad ya ha consumido los recursos que, según criterios de huella ecológica, tenía disponibles para todo el año. Eso significa que estamos literalmente apropiándonos de los recursos que deberían quedar para las nuevas generaciones, esquilmando una naturaleza que no nos pertenece. Necesitaríamos más de un planeta para mantener nuestras actuales pautas de consumo, y eso es imposible de lograr. Por cierto, estas pautas las marcan los sectores ricos del mundo, la responsabilidad no es de todos por igual.

Hace años le hicieron la pregunta que usted me hace al economista y académico Kenneth Boulding y él respondió: “El que diga que el crecimiento exponencial es posible en un planeta finito o es un loco o es un economista”.

Dicho esto, desarrollarse de forma sostenible respetando pautas de uso de los recursos ecológicamente viables no tiene por qué suponer pérdida de calidad de vida. Se trata, más bien, de recuperar la cordura y reordenar las prioridades. Por ejemplo: el dinero que la sociedad mundial gasta en armamentismo (4.000 millones de dólares diarios) dedicado a la erradicación del hambre, a las energías renovables, a la puesta en marcha de infraestructuras de vivienda digna en los países pobres… puede dar lugar a un enorme desarrollo sostenible sin necesidad de crecimiento. Y, a escala menor, los gestores de los bienes públicos y los ciudadanos pueden hacer cada día esta reorientación de las prioridades. El aprendizaje es vivir mejor con menos. Por ahí va el tema de la sostenibilidad.

María Novo Villaverde, catedrática Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible. Foto: perezventana
María Novo Villaverde, catedrática Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible. Foto: perezventana

– ¿El ecologismo combate la pobreza? ¿El ecologismo crea riqueza?
 El ecologismo es la voz de una naturaleza que la sociedad se niega a escuchar. Si hubiésemos hecho caso de los avisos y las señales de alarma de los grupos ecologistas, hoy no estaríamos teniendo que afrontar el panorama de un planeta degradado y de unos cambios a escala global que comprometen ya nuestras propias formas de vida.

El ecologismo crea riqueza, claro que la crea, pero riqueza ecológica, no de dinero. Esa es la auténtica, a la que, por cierto, no se puede poner precio. ¿Cuánto vale una puesta de sol? ¿Cuándo vale un suelo fértil que la naturaleza tardó cientos de años en crear?

«La orquesta sigue tocando y la gran fiesta del consumismo amenaza con consumirnos a nosotros. Somos una especie autodestructiva»

– ¿Cree que vivimos en un momento de emergencia ambiental y social, dos caras de la misma moneda? ¿Somos realmente conscientes de ese estado de emergencia?
 Tanto desde los grupos ecologistas como desde el mundo científico y académico, las señales de alarma comenzaron ya en la década de los 70 con el Congreso de Estocolmo de 1972 y se intensificaron en la década de los 80, que fue la última vez en la que la humanidad consumió recursos y produjo desechos al mismo ritmo de su reposición y regeneración. Desde entonces, esas voces no cesan, pero están siendo acalladas por el poder económico y mediático –ambos entrelazados– y hoy nos encontramos en el atolladero del calentamiento global y el cambio climático sin tener no ya los instrumentos para atajarlo sino algo peor: sin la conciencia de la gravedad de la situación y del desafío ético, político y social que supone.

Creo que la metáfora del Titanic puede ser expresiva aquí y ahora. Los riesgos de cambios abruptos en el sistema crecen día a día, la incertidumbre también aumenta, porque sabemos que esos cambios se van a producir pero no sabemos exactamente ni dónde ni cuándo. De hecho, algunos ya han comenzado de forma irreversible, como el deshielo del Ártico. Y, en medio de ese panorama, la orquesta sigue tocando y la gran fiesta del consumismo amenaza con consumirnos a nosotros. Somos una especie autodestructiva, porque estamos devastando nuestro propio hábitat.

– ¿Qué podemos hacer para que las ciudades sean más verdes, más naturales, más sostenibles?
 Lo primero, volver a la cordura. No es posible crear formas de vida acordes con la felicidad humana –un concepto en desuso que ya casi es revolucionario– concentrando a poblaciones de millones de personas en un mismo espacio sin una planificación que evite los desplazamientos, tal y como se hace ahora. La gente no puede vivir de forma humana teniendo que afrontar diariamente viajes de muchos kilómetros para ir a trabajar y regresar al hogar. Eso supone que el ser humano va quedando reducido a la condición de pieza de una máquina económica que lo ve solamente como productor o consumidor pero ignora sus necesidades vitales: la vida familiar, el disfrute de horas diarias de ocio, la posibilidad de mantener vínculos de cercanía con los vecinos…

En el plano opuesto a estas grandes urbes, mantengo en mi imaginario como modelo las pequeñas ciudades de la Toscana italiana, en las que es posible ir en bicicleta y caminar sin riesgos ni contaminación. Espacios en los que los vínculos humanos pueden hacerse realidad. En España tenemos algunas ciudades así, afortunadamente. Yo vivo en una de ellas, un pueblo/ciudad con un urbanismo a escala humana, y la disfruto muchísimo.

¿Cuál es entonces el quid de la cuestión? A mi modo de entender habría que hablar como mínimo de tres aspectos que están en el trasfondo de la insostenibilidad urbana: el tamaño de las ciudades, los ritmos acelerados de vida que marca ese propio tamaño y, en tercer lugar pero no menos importante, el hecho de que el urbanismo está muy condicionado (y a veces determinado) por intereses económicos y no por criterios sociales y humanos.

En el siglo pasado, Schumacher y otros pensadores lúcidos recomendaban para todo el tamaño óptimo. Personalmente, creo que hemos roto hace tiempo con esos tamaños que permiten vivir armoniosamente. El diseño urbanístico ha sido manipulado por los intereses económicos y, aunque todavía en Europa –y en España– se pueden encontrar ciudades medias en las que se vive muy bien, el fenómeno de urbanización creciente a escala mundial con megalópolis como Ciudad de México, Sao Paulo o las grandes urbes de Asia y África es, a mi entender, muy preocupante por el desarraigo que crean y la imposibilidad que tiene la gente en ellas para manejar unos tiempos y formas de vida saludables.

«El mundo se ha hecho más peligroso y más injusto que cuando mi generación se embarcó en la defensa de la naturaleza»

– ¿En qué pueden contribuir los medios para darle una vuelta de tuerca a esta situación?
 Los periodistas ambientales hacen lo que pueden, y a veces más de lo que pueden, jugándose incluso su permanencia en ciertos medios al denunciar problemas ambientales. Y han conseguido, junto con los educadores ambientales, que hoy la población esté concienciada sobre nuestra responsabilidad con la madre Tierra y la necesidad de vivir de otro modo. El problema es que quienes manejan el sistema económico hacen oídos sordos a estos avisos y la codicia de los grupos que lideran las decisiones a escala global impera en el mundo sin atenerse a criterios éticos ni humanos. Hemos entrado en unas sociedades en las que los gobiernos democráticos de hecho ya no gobiernan, porque el poder económico ha dado un golpe de timón y se ha adueñado de las decisiones que afectan a los recursos y a la gente.

Este es hoy el gran problema, cómo salir de esa deriva en la que el ser humano cada vez vale menos para el sistema, es visto solo como la pieza de una máquina que cuando no sirve se reemplaza y punto. Estamos en un momento muy difícil para las jóvenes generaciones: se les ofrecen empleos precarios con salarios miserables y escasas opciones para aceptar o negarse. En ese escenario, el trabajo de los periodistas ambientales, como el de los educadores, va a contracorriente, pero puede cambiar algo importante: las conciencias. Si logramos que la conciencia de la ciudadanía cambie globalmente, contando con que somos el 99 por ciento de la humanidad frente a un 1 por ciento que maneja el tinglado económico, las cosas podrían cambiar. En ello estamos, pero es una tarea ardua y difícil. Ojalá lo logren las próximas generaciones.

– ¿Qué tiene que ocurrir en la vida real para que nos tomemos más en serio lo de cuidar el planeta?
– Un amigo mío, catedrático de Física del Clima, dice que en España concretamente comenzaremos a creer y tomarnos en serio el cambio climático cuando llevemos cinco años sin lluvias. Parece que este podría ser el primero. Es una lástima. La evolución exitosa de la especie humana ha sido posible, entre otras cosas, gracias a nuestra capacidad anticipatoria. Hoy esa capacidad está adormecida por las ansias de vivir el presente como si el mundo fuera a terminarse: viajar de un lado para otro constantemente, comer desaforadamente, consumir sin freno… Hemos perdido el sentido de la medida, estamos anestesiados por el consumo y, en ese estado, nuestra capacidad anticipatoria está también anestesiada.

Dejo a salvo, por supuesto, a esa parte importante de la humanidad que día a día trabaja para innovar, para buscar curación a las enfermedades, para vivir de otra forma menos consumista… No son pocos, y ellos nos dan ejemplo. Son los líderes de nuestro tiempo. Solo haría falta que la gran mayoría los siguiese para que las cosas cambiasen radicalmente para bien. ¿Por qué no se da este fenómeno? Sería muy largo de explicar, hay muchos distractores en nuestras sociedades que se apropian del tiempo de la gente. Y, sin tiempo para pensar y reflexionar, ni se puede ser anticipatorio, ni se puede apostar por el cambio.

– Le pido una reflexión sincera. ¿Siente a veces que la protección de la naturaleza es una batalla perdida? ¿Tiene la sensación de estar ante un muro muy alto e infranqueable?
 He dedicado toda mi vida profesional –involucrando a la personal, como no podría ser de otro modo– a trabajar con ilusión por el cambio a favor de la sostenibilidad, lo que supone, sencillamente, regresar a la lucidez y la cordura. He visto crecer por dentro a mucha gente gracias a la labor de la educación ambiental, del ecologismo, de las alertas científicas… Y, si le soy sincera, allá por los años 80, cuando leía mi tesis doctoral, soñaba con un mundo que lamentablemente no hemos conseguido. En aquellos momentos no habría podido imaginar que desembocaríamos en un cambio global de la magnitud del que vivimos: extinción de especies, cambios en los usos del suelo, escasez de agua, problemas energéticos, hambre en unas zonas y bulimia en otras… El mundo se ha hecho más peligroso y más injusto que cuando mi generación se embarcó en la defensa de la naturaleza.

La pregunta es: ¿significa esto que hay que abandonar? De ningún modo. Personalmente, creo con firmeza que el sistema económico actual tiene enormes grietas, es muy vulnerable, y que hay que actuar en esos puntos cruciales para producir cambios. El problema es que necesitamos que sean cambios pacíficos y negociados, no queremos más guerras ni revoluciones. Así que la vía es trabajar, seguir haciéndolo, por el cambio de conciencia y la restauración de valores que no cotizan en bolsa: la fraternidad, el respeto a la naturaleza, la sobriedad en el uso de los recursos… ¿Es eso posible? Miles, millones de personas ya lo están haciendo. Son poco visibles porque no gritan, no alardean de nada, no son agresivos. Pero son los pioneros del cambio.

Ellos han comprendido, y nos dan ejemplo, que no se cambia la vida sin cambiar la propia vida. Ese es un reto tan ilusionante que los muros no resultan infranqueables y las fronteras desaparecen. Creo firmemente en esa forma de cambio, por la sinergia de millones de pequeños cambios, por la integración de muchas miradas lúcidas y sensibles para producir una gran mirada humana sobre el mundo que recupere el horizonte que ahora está quebrado. Hay que confiar de nuevo, hay que recomenzar. Y es preciso recordar siempre que muchos cambios positivos se han producido de forma imprevista, que la emergencia de un nuevo mundo más equitativo y armónico es una utopía, sí, pero una utopía que ya se va haciendo realidad, paso a paso, en algunos contextos. Hacia ahí es hacia donde hay que mirar.

Así que mantengo la idea de confiar en lo improbable, de acuerdo con aquello que nos enseñó Eurípides: “Los dioses nos dan muchas sorpresas. Lo esperado no se cumple y, para lo inesperado, un dios abre la puerta”. Y sí, creo que hay que seguir trabajando por el cambio.

«Hay que seguir denunciando y anunciando. Porque, como nos enseñó el gran poeta Hölderlin, allí donde crece el peligro crece lo que salva»

– Para terminar, cuéntenos brevemente su agenda para las próximas semanas. Así entenderemos cómo es la vida de un profesor/experto medioambiental.
 Mi vida no tiene mucho de distinto de la de cualquier ciudadano que se sienta preocupado por dejar a sus hijos un mundo ecológicamente viable y más equitativo con la parte doliente de la humanidad.  Profesionalmente, trabajo tratando de incentivar en la universidad y fuera de ella la apuesta por formas de vida sostenibles, valores éticos y creatividad e imaginación para los cambios, con un especial énfasis en el papel de las mujeres para las transformaciones que necesita la humanidad.

Es un trabajo a veces difícil, pero siempre muy satisfactorio, porque allí donde voy me encuentro con gentes estupendas, personas pioneras que están gestionando sus vidas con criterios de sostenibilidad, de las que siempre aprendo. El mundo está lleno de esas gentes, seres muchas veces anónimos que han comenzado el cambio por ellos mismos, que saben comer, viajar, consumir… con mesura, y lo hacen además con alegría. Considero que es una gran suerte que mi trabajo me conecte con ellos. No solo en España, también en América Latina, he encontrado y sigo encontrando gentes maravillosas que son una fuente inagotable de aprendizaje. De ellas recibo una energía que me permite seguir adelante. También de mis maestros, porque tener maestros es una suerte y yo tengo algunos que son verdaderamente sabios.

En lo personal, el reto es tratar de ser coherente con ese cambio de criterios y valores. Ese desafío nos alcanza a todos los que enseñamos: hay que hacerlo con el ejemplo y no solo con la palabra. Y ahí nadie es perfecto. Pero lo importante es no solo hablar sino observar y escuchar, escuchar mucho… La naturaleza habla, tiene su propio lenguaje, y las personas que sufren con mayor intensidad los problemas ambientales también hablan, hacen denuncias y propuestas. En ellos está el verdadero discurso ambiental, que los académicos y los científicos debemos escuchar y aprender para no perder la lucidez ni el sentido de la medida.

En medio de todos los conflictos y las contradicciones sociales, creo que quienes nos dedicamos a difundir los valores ambientales tenemos que combinar siempre la denuncia con el anuncio. Decir en alto lo que está mal pero también sugerir propuestas y vías para el cambio, ofrecer señales de esperanza. Podría pensarse, desde una visión negativa, que la esperanza es poco realista en un mundo en el que diariamente mueren de hambre miles de niños y las guerras continúan expandiendo el odio y la violencia. Sin embargo, hay que recordar que ese mismo mundo es el que ha inventado la música y la poesía, el que tiene héroes anónimos que han dado y dan su vida por los demás. Una humanidad que sigue soñando, creando ciencia y arte, desafiando al desaliento.

Esa es nuestra realidad: hay que seguir denunciando y anunciando. Porque, como nos enseñó el gran poeta Hölderlin, “allí donde crece el peligro crece lo que salva”.

María Novo Villaverde, catedrática Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible. Foto: perezventana
María Novo Villaverde, catedrática Unesco de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible. Foto: perezventana
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