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La extraña subespecie del alimoche canario

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Los antiguos guanches de las Islas Canarias, lo llamaban guirre y aún hoy siguen denominando así a la especie de buitre más singular del archipiélago. Su acusado descenso de población desde los años 50 ha provocado que el alimoche canario esté en una categoría de alarmante extinción. Sólo se conservan 200 ejemplares en las recónditas montañas de Fuenteventura y Lanzarote, aunque esto no les quita que sigan siendo los más fuertes y pesados del continente europeo.

El alimoche, al igual que el ser humano, colonizó el archipiélago canario hace 2.500 años, al igual que el ser humano. Las necesidades de adaptación a la zona hicieron que terminara por desarrollar una subespecie endémica y única en las Islas Canarias, el alimoche canario. La población de alimoche canario es morfológica y genéticamente diferente a cualquier otra población de este buitre. Una investigación llevada a cabo por científicos del CSIC ha determinado, tras dos años de estudio, que esta ubicación presenta importantes ventajas físicas en comparación con los grupos existentes en la Península Ibérica.

La investigación ha revelado que los carroñeros canarios son un 16 por ciento más pesados y 3 por ciento más grandes que sus semejantes peninsulares. “Las diferencias se demuestran también en su comportamiento, ya que el alimoche canario es sedentario y no establece ruta migratoria, mientras que los individuos peninsulares emigran hacia tierras africanas en épocas de invierno ante la búsqueda de un clima favorable”, destaca Rosa Agudo, investigadora del CSIC. El guirre es un buitre sedentario y en esta época prefiere dormir en zonas tranquilas, normalmente torretas de luz, aunque a partir del mes de enero comienza a ocupar sus territorios de cría, haciéndose un pájaro solitario. La soledad no es la única peculiaridad de esta ave endémica, ya que otra de las características que los haces “diferentes” es la falta de precaución ante los factores externos. “Al tener sólo competencia intraespecífica, que se desarrolla entre los mismos individuos de la especie, son más confiados de lo normal y tienen un mayor índice de mortalidad al no estar acostumbrados a las amenazas externas”, señala Agudo. La comparación efectuada entre 242 alimoches de Fuerteventura y otros 143 ejemplares nativos de otros puntos de la Península Ibérica ha evidenciado que “el alimoche peninsular ubica sus nidos en acantilados o lugares de difícil acceso, mientras que en el estudio hemos constatado cómo los individuos insulares pueden hacer un nido en el suelo y no ser conscientes del peligro que conlleva por esa fata de competencia”.

La actividad humana ha jugado un papel determinante en el desarrollo de este buitre carroñero en el archipiélago. Antes de la llegada de los colonos, las Islas Canarias sólo ofrecían a los carroñeros los restos de roedores, aves y algunas especies marinas. La ausencia de grandes mamíferos terrestres y animales domésticos explica que esta especie no se interesara por el territorio canario antes de la llegada. “El alimoche comenzó a llegar a las Islas Canarias cuando hubo alimento abundante como para poder sobrevivir. Esto provocó que hubiera miles de alimoche en la zona”. En el pasado, el guirre fue un ave de fácil avistamiento en toda Canarias, hasta el punto de considerarse la rapaz diurna más abundante del Archipiélago, aunque en la actualidad la población se ha reducido drásticamente, alcanzado los 200 ejemplares en Fuerteventura y tres parejas reproductoras que se localizan en Lanzarote. “A partir de los años 50 la población de alimoche comenzó a disminuir en todas las islas. El desarrollo, el cambio de usos ganaderos, los tendidos eléctricos y el uso de venenos marcaron este descenso” añade Agudo.

Este estudio ha resultado ser pionero, ya que demuestra que los asentamientos humanos también pueden aportar beneficios para el fortalecimiento y expansión de determinadas especies de la fauna silvestre, como el alimoche, aunque en la actualidad la población se vea reducida a 200 ejemplares.

*Este reportaje pertenece al número 30 de la revista sobre naturaleza amenazada Red Life

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